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05 enero, 2011

Renaissance

seremos un poco más;
seremos un poco menos;
divisiones no,
tampoco somos dioses
ni matemáticos frenéticos
para multiplicar
seremos humus;
seremos, en la eternidÁ,
comida de otros.
seremos lo que nunca fuimos:
lo mismo;
seremos todos los elementos
menos el fuego,
las pasiones morirán contigo
y con tu cuerpo furioso.

pero la tierra
y el recuerdo
sabrá discernir,
con sus charcos de aguas
que nos mirarán
desde abajo y
más vivos que nosotros,
nuestras huellas
en el aire ardiente y amarillo
andando juntas
por ahí, errando,
como brisa y más brisas

y esos ojos lodosos
que nos mirarán
sentirán pena
porque no tendremos sangre,
habrá sido derramada,
ni manos para tocarnos los pensamientos,
ni pies para correr
por el viento ni por la vida.
la tierra llorará lodo y sangre,
por emoción + memorias.

nos hará renacer
como una nueva madre/suegra,
nos succionará del aire
para dejar de ser nada

oh, tierra mía,
que así sea
nuestro final sin fin
al fin.

entonces, para fabricar
a los nuevos seres,
nuestra madre de siempre,
esta madre nueva,
con sus manos frondosas,
con raíces suaves,
hará que nuestras dos almas calavéricas
sean un solo cuerpo de lodo duro
y nuestra sangre de tormento lacrimoso,
quizá de lástima o nostalgia. quizá de amor(es).
y estaremos juntos por siempre,
viviendo en un mismo cuerpo tosco
bebiendo lágrimas de ánimos y sentimientos.

21 diciembre, 2010

Aquí

y estamos aquí todavía,


corriendo hacia


el mismo lado siempre:


ningún lado.




y estamos aquí todavía


buscando la tierra prometida,


corriendo hacia ella


y digiriendo su inexistencia.




y estamos aquí todavía,


en el paraíso sin darnos


cuenta que es uno,


con el miedo inexorable


de creer que es sólo esta miseria,


ni más ni menos.




y estamos aquí todavía,


en el infierno


de nuestras mentes siniestras y enfermas,


con millones de cuerpos


que son dioses


y actúan como tales:


haciendo nada.




y estamos aquí todavía,


destruyendo los cristales


que antes eran inquebrantables


y cálidos y fuertes y diáfanos;


imaginando dioses


para no cargar


con tanta responsabilidad,


con tanta culpa;


haciéndonos los muertos cerrando los ojos,


abriendo los ojos después de muertos.




y nos vamos de aquí,


y nuestro cuerpo se queda,


bajo la tierra que se quema


de este paraíso infernal


con los gusanos redentores.

08 noviembre, 2010

(Calla)

Escalar árboles con fuego,
derritiendo la espesura
de armonías silenciosas,
es fácil; no vale la pena.

Que no nos seduzca el fuego;
veamoslo, des-précialo, se apagará,
porque consume los árboles
y a nosotros hasta transformar
en cenizas la seguridad cerval.

El silencio es el mejor abono,
en estos tiempos jóvenes,
para estas ideas frondosas
e ingenuas de eso detrás
de nuestro cuero: nada.

Escuché al fuego parlanchín,
¡que no te queme ni consuma!,
pues cuando quieras apagarlo
tu bosque ya estará quemado...

tanto nos hizo llorar el silencio
pero no nos sirvió para apagar
el fuego transparente, ardiente,
con las lágrimas que escurrieron.

06 octubre, 2010

Letras de Olvido

Agarraste un grito,
colocaste suspiros en él
con letras furiosas
que no pude entender,
y lo tiraste en mi rostro.

Apuñalaste las realidades,
las más coloridas sobre todo
que tuve en la inocencia,
con el sable de la sangre
que me arrancaste, ¡oh!.

Desobedeciste la ley natural
y también la de (tus) hombres
cuando te apoderaste
de mis atrios y ventrículos.

Se me fue el frío de mis huesos,
de los muslos, de mis andares;
se me fue la sangre helada,
la robaste de mis labios
y no la piensas devolver,
¡oh, Vampiresa de flagelos!.

Las noches se volvieron tinieblas
y nos fuimos en su espacio;
nos perdimos en la tinta de sangre,
sólo ahí, en ningún otro lado,
solos ahí, sin memorias.

11 septiembre, 2010

Por si te vas

Por un hospital de luto
avanza el Tiempo muerto
con la inefable soberbia
que le genera ser inmortal
en su muerte orgullosa.

Aun con más soberbia,
por un camino anexo, paralelo,
cabalgan en sus cuerpos fornidos
las enfermeras de la vida
creyendo manejar a su antojo
el inicuo final de los enfermos,
de los muertos y del mismo Tiempo.

Y yo, sentado en una salita,
solo con gente invisible
y fantasmas del inframundo
desposeídos de voz, de cuerpo, de sexo,
espero que el Tiempo irrefutable,
generoso, me traiga a la que ha muerto.

Espero con esperanzas vanas y fútiles,
pues ya se me hizo el sordo una vez,
el Tiempo elegante y poderoso,
cuando esperaba que ella se mejorara.
Ella: la soledad, la más promiscua de todas.

El tiempo, las enfermeras soberbias,
sus cuerpos fornidos y rosados,
yo, tú, la luna menguante que nos encontró,
que fue testigo de como nuestros labios
asesinaron, sin palabras, a la Sole.

Esa Soledad que rompió en llanto
cuando nuestros cuerpos dejaron
de ser inertes y, por inercia,
se quemaron con inmanente pasión.

Esa misma que murió sin nosotros,
por mi culpa, por la tuya, por el deseo,
por nuestra complicidad asesina,
por esa apetencia siniestra, blasfema,
por ese acto satánico y bendito a la vez.

A esta soledad, que feneció en nuestros brazos,
en nuestros cuerpos malditos y turbios,
espero nostálgico en este feo hospital
para darle frígidas exequias en mi memoria,
para llevármela y resucitarla cuando te vayas.

Resucitarla con la falta de tus labios,
de tu aliento cercano, de tus manos,
de tu piel idílica, de tu aroma infinito,
de tu rostro utópico, delicado y radiante,

con la ausencia de tu blasfemia lisa,
con la oscuridad en que yo estaría
si los rayos de luz que me regalan tus ojos,
dejaran de llegarme por tu ausencia.

Para tenerla (y retenerla)
cuando tú ya no estés,
porque sé que te irás,
porque no puedo confiar,
porque nada es eterno
sino sólo el Tiempo,
el puto Tiempo, y nadie más.




26 julio, 2010

Invisible Celeste

es como una rabia,
casi como azufre estallando
en un corazón sin paredes,
sin fronteras ni límites.

es como cantarle a tu alma,
de forma tímida y sin verme
pero sincero y cariñoso,
una canción de un niño,
bien cursi, tonto y loco.

es como el énfasis del mismo niño
que sabe que no es,
que con canciones trata
de conquistar el mundo,

y con paz logra su coraza
rosada, eterna, tersa y delicada.

el énfasis de guerra, así es,

el énfasis del tilde en una palabra
que suele acentuarse mal.

es como querer disfrazarse de violeta,
para darle gracias por vivir, siempre,
en mi mente, en mi cuerpo.
con disfraz sutil e inocuo conquistarla,
con disfraz transparente pero bermejo
ganarme sus ganas, su canción eterna,
su arte de la vida y su aliento difícil, violento.

es como creer en dios sin engañarse,
simple utopía del miedo fundado.
como ser inmortal sin ser inmoral,
contradicción de una muerte orgánica.
semejante a llegar al cielo con sólo pensar,
apoteósico reto de no tener alas.

como el volcán, del corazón que retenía mi azufre
como un tirano irresponsable y nocivo.
como lava fría y que domina el cuerpo,
inocua que hierve, siempre fría, parapetándose,
sin escrúpulos y con visible desdén, en mi mente
y en su cuerpo invisible, por delante.

ojos vendados comandados por un cuchillo,
dulce sabueso triste de la desesperanza,
ven y coligen sin saber ver.
buscan inquietos y se dan vuelta,
sumisos por completo al cuchillo,
a escrutar sin compasión y con miedo,
por mis caminos y atajos, por mis bosques
con arco iris de recuerdos luminosos,
y navegan con deferente decoro
nadando por unos lagos de cielo
como enseñanzas pueriles y vulgares de cualquiera.

por momentos se extravían y comienzan de nuevo.
el cuchillo, aunque afilado, no es certero.

si sabe, cuente hasta doce.

doce fueron las veces que tuvo que apuñalar
a mi mente aquel cuchillo inquieto
para poder encontrarla ahí, detrás de un árbol índigo.

el lugar semejaba a la Luna omnipotente,
y por ahí cerca estaba mi corazón
que cada vez, como sonámbulo, se acercaba a ella,
despilfarrando magma de colores, nervioso,
cantando amoroso y con mucho énfasis, embarazado,
se disfrazaba para que la figura de ella, invisible,
no lo reconociera como común, nunca.
adicto se hacía al rezo a la nada,
a la esperanza de latir y no explotar, a veces.

ensimismado, se hacía adicto a ella también,
casi sin fundamento etílico, casi.
incluso, me contaba el cuchillo,
que explotaría y con su hedor tibio, nocivo,
mataría a la dama de mi mente,
la dama divina e inefable,
la señora celeste, pero siempre invisible.