11 septiembre, 2010

Por si te vas

Por un hospital de luto
avanza el Tiempo muerto
con la inefable soberbia
que le genera ser inmortal
en su muerte orgullosa.

Aun con más soberbia,
por un camino anexo, paralelo,
cabalgan en sus cuerpos fornidos
las enfermeras de la vida
creyendo manejar a su antojo
el inicuo final de los enfermos,
de los muertos y del mismo Tiempo.

Y yo, sentado en una salita,
solo con gente invisible
y fantasmas del inframundo
desposeídos de voz, de cuerpo, de sexo,
espero que el Tiempo irrefutable,
generoso, me traiga a la que ha muerto.

Espero con esperanzas vanas y fútiles,
pues ya se me hizo el sordo una vez,
el Tiempo elegante y poderoso,
cuando esperaba que ella se mejorara.
Ella: la soledad, la más promiscua de todas.

El tiempo, las enfermeras soberbias,
sus cuerpos fornidos y rosados,
yo, tú, la luna menguante que nos encontró,
que fue testigo de como nuestros labios
asesinaron, sin palabras, a la Sole.

Esa Soledad que rompió en llanto
cuando nuestros cuerpos dejaron
de ser inertes y, por inercia,
se quemaron con inmanente pasión.

Esa misma que murió sin nosotros,
por mi culpa, por la tuya, por el deseo,
por nuestra complicidad asesina,
por esa apetencia siniestra, blasfema,
por ese acto satánico y bendito a la vez.

A esta soledad, que feneció en nuestros brazos,
en nuestros cuerpos malditos y turbios,
espero nostálgico en este feo hospital
para darle frígidas exequias en mi memoria,
para llevármela y resucitarla cuando te vayas.

Resucitarla con la falta de tus labios,
de tu aliento cercano, de tus manos,
de tu piel idílica, de tu aroma infinito,
de tu rostro utópico, delicado y radiante,

con la ausencia de tu blasfemia lisa,
con la oscuridad en que yo estaría
si los rayos de luz que me regalan tus ojos,
dejaran de llegarme por tu ausencia.

Para tenerla (y retenerla)
cuando tú ya no estés,
porque sé que te irás,
porque no puedo confiar,
porque nada es eterno
sino sólo el Tiempo,
el puto Tiempo, y nadie más.




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