Para Sonia, que le debía esto,
van dedicadas estas líneas.
van dedicadas estas líneas.
Yo no soy de esas personas, en el hipotético que siga siendo una, que suelen vivir hechos dignos de ser conmemorados con recuerdos monumentales, de esos que a la gente se le quedan insertos (o pegados) en la cabeza como souvenirs con grabados de bronce donde generalmente ponen lo que ellos quieren recordar. Creo que por lo mismo dudo de mi calidad de persona, porque nunca me pasa nada, o tal vez sí, pero se me olvidan de inmediato, porque despierto muy rápido, pues sólo en los sueños me pasan cosas en donde creo que soy hombre y tengo un nombre no tan anónimo y conservo las piernas, pero aun teniéndolas en los sueños mi sonrisa es inexistente o, tal vez, simplemente no me acuerdo de haber sonreído, porque la realidad me despierta bruscamente. Hoy, en unos de esos brutos despertares, me encontré con un lápiz rojo y con unas ganas algo absurdas de escribir (digo ''absurdas'' porque se me olvidó escribir, creo haber aprendido esa manía de algunos mientras soñaba). Sin embargo, en un gesto patético dejé esas ganas de escribir y decidí tomar el lápiz y escupir con él su tinta roja, estoica y viseral; escupir saliva semejante a la sangre, sin ptialiana y con palabras, sin glóbulos ni dolor, con puntos y comas; escupir esa sustancia asquerosa en este papel que quizá me entiende o le gusta lo asqueroso, simplemente o es inescrupuloso o masoquista o no es nada, qué sé yo, qué me importa este papel.
Yo no soy de esas personas que cantan de alegría ni vociferan desesperados ni que musitan ante el miedo, porque saqué a mis cuerdas vocales del abismo sonoro en que las tenía sumidas como esclavas silentes y, como buscando revolución por todos lados, las liberé para que hablaran lo que ellas siempre habrían querido y para tener a alguien con quien hablar, alguien que hablara palabras con sentido positivo, esas mismas palabras que nunca escuché de nadie, ni en sueños.
Las puse frente a mí con la esperanza que me dijeran algo, pero no dijeron nada, se habían acostumbrado, parece, al silencio en su periodo de esclavitud. Vibraban como cascabeles de serpientes que quizá un par de veces fueron venenosas pero que nunca liberaron su veneno. Estaban asustadas, por fin tenían libertad. Quería que me hablaran, pero no hacían más que absorber y emitir más silencio. Sentí que no tenía a nadie, ni a mi voz. La soledad había rechazado tantas veces mi amistad, la cual se la pedía cuando me acercaba a ella, pero siempre se alejaba, pues decía que ya no quería tantos amigos, que tenía algunos que ni conocía y que ya estaba harta de tantos fans, era una verdadera lady. Lloré de rabia, de impotencia, pues creí que sin canto sólo me quedaba el llanto para expresar algo. Lloré un charco cristalino, con el que me fue posible verme el rostro, ese tan feo y rechazado por el mundo, por mí mismo y quizá también por la lady Soledad, la reina de sus seguidores. Me vi la cara, dejé de llorar y limpié el charco. Nunca me gustaron los espejos ni los cristales que, aunque fueran de agua, me reflejaran. Prometí, entonces, nunca más volver a llorar. Así, me quedé sin canto, sin voz, sin llanto. Ni solo podía sentirme, porque la soledad no estaba conmigo y yo tampoco.
Yo no soy de esos que suelen caminar, porque aprendí soñando y se me olvidó. Pero ¿de qué me serviría acordarme si ya no hay camino por donde mis pies pudieran jugar a correr, aunque fuera en vano, donde lo imposible no me fuera ajeno?; ¿de qué me serviría resucitar a estas piernas si ya no existe nadie que quiera acompañarlas a otro mundo menos apocalíptico que éste?; ¿de qué me serviría tener las piernas si ya no puedo, por más que quisiese, saltar a las nubes, porque se dilataron mucho y se hicieron invisibles, desaparecieron sin siquiera transformarse en lluvia de aguas, ni de sueños, ni de flores, ni siquiera de fuegos?. Sí, me son inútiles, pero en sueños las disfruté (y digo ''disfruté'' porque ya no quiero soñar, me aburrí de que todo se me olvide, así que basta de sueños para mí. Viviré (?) no más, sin dormir, porque si me quedo dormido estoy seguro que brotará de esta cabeza no tan estéril algún sueño de cuento de hadas, de imaginaciones de cajas de juguetes o de deseos agresivos de sonidos de un tambor, de una trompeta y/o de una clarinete. Sí, fin a los sueños, fin al andar.
Yo no soy de esas personas que suelen razonar conscientemente, o por lo menos así lo dice la gente que me mira por caridad, por pena que en los ojos no se le nota y más bien pareciese que tuviesen un miedo inexorable en su corazón de quedar como yo. Deben tener razón, pues tienen todo lo que yo no tengo en términos somáticos y pseudo-espirituales. Quizá, por lo mismo, escribo, porque se me fue la razón, el sentido común y la convencionalidad, la misma que dice que soy vegetal, que soy una planta sin un centímetro de clorofila ni capacidad de fotosíntesis. Si soy vegetal, debería servir, mínimo, para una ensaladita, ¿no?. No, nadie me come porque hasta con limón, sal y aceite debo ser asqueroso, repugnante. Nadie me compra ni me desprecia, porque para todos tengo precio y salgo bastante caro, y nadie quiere gastar plata, ni amor (que, con el paso del tiempo, creo que ya es casi lo mismo, o así lo hace notar la convencionalidad), porque todos tienen muchas ya que hacer. Nadie se detiene a ver a las nubes con sus formas burlescas e irónicas llenas de verdades, ni a las mariposas, ni a sí mismos. Nadie tiene tiempo. El tiempo los tiene a todos, aprisionados. ¡Tiempo de mierda!. No tengo razón, no tengo conciencia. Soy oligofrénico, un casquivano cualquiera. No tengo fuerza, los músculos no preguntan ni responden. Nadie me amó, nunca. No alcancé a amar a nadie, no tuve tiempo. No sé. Soy mitómano, me gusta(ba) soñar con mentiras, era bonito. No amé a la vida, ni la vida me amó, nunca. No sé. Mentiras, verdades; cara, sello. Fui libre (já, claro) y ahora soy un esclavo incorregible de mi cuerpo inmóvil. Me daban miedo las arañas, esos feos y espeluznantes seres, potonas, coloradas, veloces. Me daban miedo las bombas, me podían matar cuando quería vivir. No sé. No tengo miedo, se me acabó con la sensibilidad. Ahora ni miedo, ni amor, ni libertad. Quiero muerte y no la tengo.
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No tengo nada. Estoy muerto y la vida no se da cuenta.
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