Él dejaba correr el tiempo que pasara lo más efímero posible, esperando quizá qué cosa, leyendo un amoroso cuento de Óscar Wilde, su autor predilecto. Iba terminándolo casi, llegando al final del hermoso cuento, un tanto triste y precioso, cuando un zumbido inserto en el aire grisáceo, color que se lo daba la falta de silencio y las risas desgraciadas de algunos en la biblioteca del colegio llamó su atención inocente. El zumbido no le era molesto, incluso sentía que era muy grato como retumbaba tiernamente por sus crédulos oídos. Hacía que sintiera un pueril cosquilleo, como mariposas exclamativas pero silenciosas, que lo tentó a descubrir el génesis de esta vibración que no supo describir en el momento. El zumbido lo desconcentró por completo, hizo que sus ganas de soñar otra vez volvieran a aflorar y que su soledad desapareciera. Lo sacó, sacó a su ojos, del deleite de Wilde, y sumió su atención y tensión, a este peculiar coqueteo que revoloteaba en sus orejas. Despertó sus ansias de tener las claves de lo irreal, porque estaba soñando otra vez, y no quería perder ni por lo más importante ese momento. Pensó que quizás después volaría como lo había hecho antes, así que se destinó entero al zumbido que sentía. Cerró sus ojos con la venda de sus párpados y podía ver el zumbido con su sensibilidad auditiva, por momentos. Luego de contemplar el ruidito sutil, con los ojos cerrados, vio nítidamente como aparecía una línea verde resplandeciente, etérea y fosforescente que atravesaba por la polución del ruido bibliotecario y que se hacía resaltar entre el gris abundante. Penetraba las viejas mesas del colegio como coito inseguro que probaba distintas posiciones, pues daba vueltas y vueltas por toda la enorme sala, atravesando una y otra vez los muebles. No lo dudó, quería volver a conocer lo que se le había ido hace ya un tiempo largo: la curiosidad de conocer lo que se debe saber. Así que, aún los ojos vendados, se dispuso a seguir la promiscua línea verde, que coincidentemente era su color favorito. Dio vueltas y más vueltas siguiendo la línea, y vio a los que ''estudiaban'' (léanse e imagínense esas entrecomillas con un color bien fuertón, puto y luminoso, como esas de las letras que ponen en los moteles baratos) y los repudiaba profundamente porque no sentían el zumbido, porque no eran como él, ni él como ellos.
-Soy distinto. — repetía mientras pasaba por la gente.
Vio a muchos que conversaban, algunos que pololeaban secretamente, otros que no hacían nada y sólo descansaban de sus agobiantes faenas del día.
-Qué paja. — decían con tono suspiroso.
En definitiva, creyó ver todo de todos, y le vinieron a su mente algunas conjeturas del porqué era el aire tan gris de la biblioteca, como una neblina sucia. Lo hubiesen acusado de maldito pesimista si hubiese dicho lo que pensaba, así que prefirió guardarse todo lo que creía, y aunque lo tildaran de introvertido le daba lo mismo, sólo le importaba saber de dónde venía el zumbido y nada más.
Había recorrido ya hasta entonces unos sesenta metros entre vueltas y vueltas, que no los hubiera sentido en absoluto si no hubiese tenido asma, que le afectaba un poco más con el impuro aire que reinaba y lo hacía toser como condenado. Necesitaba su inaladador, pero estaba demasiado lejos y no tenía las más mínimas intenciones de devolverse a buscarlo, su ansiedad era mayor a cualquier cosa, y pensaba que era sólo una tos y nada fatal. Así que siguió con tos y todo. Y aunque el aire se le hacía cada vez menos, su ansiedad crecía como algo imparable.
Un poco más desesperado que antes, creía que llegaba a la verdad, al descubrimiento del génesis del zumbido que sentía y que era inexistente para los demás. La flecha le indicó, finalmente, que subiera las escaleras hacia el segundo piso de la biblioteca, donde estaba la gran reserva de libros antaños y no tanto, otros nuevos, del colegio. Sumiso y obediente, Él hizo caso. Mientras más subía el zumbido se amainaba, el coqueteo se volvía ínfimo y no tan osado ni descarado como antes. Sólo le quedaban ahora dos escalones para completar de subir entera la escalera, y tristemente el zumbido le abandonó y ya no lo sentía, la línea verde se esfumó con el gris aire bibliotecario y la venda de párpados que tapaban sus ojos desapareció, haciéndolo volver a la estúpida realidad. Arriba, su tos había desaparecido y el aire, ahora con los ojos abiertos, era transparente, quizá un poco azul, pero mucho más decente y respirable que el grisáceo del primer piso.
En su vuelta a lo real, atinó a mover la cabeza hacia todos lados y vio cosas que desde que iba en séptimo básico, cuando fue a una excursión para conocer la biblioteca de su colegio nuevo de entonces, no veía, y permanecían allí mismo inmóviles como gárgolas. Libros, estantes, animales disecados, fetos de ojos cerrados (-Quizás vean o hayan visto la línea.— pensó, por lo que le cayeron bien), diarios viejos y más libros. Pero había algo que no era una gárgola, o quizás sí, pero no parecía. Era un señor de pelo cano, o por lo menos el pelo que le quedaba era cristalino porque estaba quedando pelado. Su aspecto corporal le era muy conocido, pero le era raro, pues tenía el viejo un rostro muy joven que no demostraba más de diecisiete años, y sintió que sólo conocía su cuerpo y no su cara.
-Una quimera.—se dijo en su interior.
No tenía la menor idea sobre qué haría ahí la ‘’quimera’’, como decidió llamarle a forma con vida.
De pronto, la quimera sacó un libro de la sección de libros que nadie leía, removió la etiqueta que lo hacía pertenecer a la biblioteca y se lo guardó en el bolsillo del interior de su vestón.
-Bolaño también leía, escribía los mejores libros que he leído y robó libros porque no tenía plata, porque era tan pobre como yo, que me tuve que poner este cuerpo de viejo para poder sobrevivir.—dijo cuando ya lo tenía en el vestón, como convenciéndose de lo que hacía. –Además, robar cultura no es robar. Robar pan, impedido del trabajo y con hambre, tampoco lo es. Sé que me iré a la mierda si me sorprenden, pero me gusta Bolaño y quiero... no, no tengo idea qué quiero, pero es bonito pensar que se quiere algo.
Dicho esto, el viejo se fue de la biblioteca disolviendo toda su forma en el suelo de madera, como algo licuoso, lo que lo dejó anonadado porque tenía los ojos abiertos y dudó cuál era la realidad. El zumbido, después de esto, había vuelto a las crédulas e inocentes orejitas del joven, aun más coqueto y revoltoso que antes.
15 agosto, 2010
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1 comentarios:
aun me acuerdo cuando me lo leiste en el 4 piso esperando a que llegara la ceci muy buen cuento, de un buen hombre xd, nos vemos sigue escribiendo lo haces muy bn
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